Cuento (Reloaded)

Regresó el cuento, como lo prometí, está todo junto y terminado. Espero sus comentarios…

Sin título por el momento

“Hoy voy a morir, y no me arrepiento de nada” susurra una anciana que a pesar de las arrugas en su cara y la imagen inminente de la muerte en sus ojos se puede ver que fue una mujer muy hermosa de joven.

Una joven toma la mano de la anciana diciéndole: “no abuelita, ya verás que esto es un momento difícil pero pasajero”. La anciana la voltea a ver y le sonríe, “ay mi niña linda, creo que tengo suficientes años de vida para saber cuándo está por acabar; eso me hace feliz niña, no te preocupes más.” La anciana cierra los ojos y empieza a respirar profundamente.

La joven aprieta más fuerte la mano de su abuela, una lágrima furtiva escurre por su cachete, voltea la mirada para que su abuela no la vea llorar. Mientras, admira el cuarto que ha visto miles de veces pero jamás lo ha visto con atención. Es un cuarto muy sencillo pero muy cómodo, es amplio con muebles típicos de madera. El tocador está cubierto por un largo mantel bordado, sobre él está el perfume que emite ese olor característico con el que la joven identifica a su abuela desde que era pequeña.

La abuela abre los ojos, voltea a ver a su nieta y dice: “Amanda, ¿alguna vez te conté mi historia? ¿De cómo llegué a este pueblo?”. A Amanda la sorprende el sonido de la voz de la abuela, suprime un salto de susto para voltear a verla. “No abuelita, esa nunca me la has contado.”

“Esa historia empieza mucho antes de que mi nombre se ‘cambiara’ de Abigaíl a Abuelita…”

***

Se levantó de la cama con el sonido del reloj despertador como lo hacía todas las mañanas –entre semana- desde que inició su vida laboral. En esos momentos todavía no sabía lo mucho que su vida estaba por cambiar. Se levantó de la cama con el ánimo de siempre, se metió a bañar y después entró a su clóset para ponerse el atuendo que eligió cuidadosamente la noche anterior.

Camino al trabajo, en unos de esos altos interminables debido a los miles de autos que quieren pasar, levantó la mirada a un espectacular que decía “¿QUÉ ESTÁS HACIENDO CON TU VIDA?”. En ese momento se le hizo extraño, porque no decía nada más ni tenía marca, lo desechó de su mente y siguió pensando en las actividades que tenía que realizar así como sus pendientes.

Cuando llegó al trabajo todo empezó normal, pero cada vez que se topaba con algo molesto o sinsentido –que siempre hay en los trabajos- no podía dejar de preguntarse “¿por qué estoy haciendo esto? ¿Qué objeto tiene?”. Rápidamente olvidaba ese pensamiento y continuaba con su labor.

Al llegar a casa no podía dejar ya de hacerse esas preguntas. Se dio cuenta que su vida no era la que soñó de pequeña, no estaba cumpliendo sus deseos y mucho menos en camino a hacerlo. Estaba en algo que había llegado a su vida y la había ayudado pero no era algo que buscara ni quisiera.

Al recostarse esa noche no dejaba de pensar que lo que siempre deseó era tener una pequeña pastelería-cafetería fuera de la gran Ciudad. Vivir a un ritmo menos acelerado y disfrutar de cada momento que pasara sin estresarse en todo lo que estaba hecho mal y hacía falta enmendar.

Una vez más el despertador la levantó de la cama, pero estaba vez estaba más enérgica, estaba llena de un vigor que no había tenido en años. Tenía en mente una resolución a su problema, una meta y la decisión de llevarla a cabo.

Camino a la oficina todo parecía cambiar, ese largo y tedioso camino tenía algo que las miles de veces que lo había recorrido no tuvo, un brillo especial que no sabía cómo describir. Todo se veía más intenso, como si finalmente te pusieran esos lentes que necesitas para ver bien.

Llegó directo a la oficina de su jefe para decirle que se iba. Que ya no trabajaría más en esa empresa ni que viviría más en esa Ciudad. “¿Por qué estás haciendo esto?” preguntó él, ella respondió “porque no estoy viviendo, sólo estoy viendo pasar mi vida, no estoy haciendo lo que quiero ni soy feliz, Jerry”. Ante esas palabras él no pudo mas que desearle suerte y preguntarle a dónde pensaba ir. “Voy a Tomasino, está muy cerca, pero aún así suficientemente lejos.”

En menos de tres días, la joven Abigaíl ya tenía todo listo para llegar a la pequeña ciudad llamada Tomasino. El local donde pensaba abrir ya estaba comprado, así como el pequeño departamento sobre él, donde ella viviría. Lo único que faltaba era que llegara a estrenar su nueva vida.

***

El aroma del café caliente inundaba “Dulce Amor”, el nombre del nuevo negocio de Abigaíl. Era un aroma tan placentero que la gente no podía dejar de detenerse frente a él y entrar. El lugar estaba decorado muy hermoso, todo cuidadosamente planeado para que la gente se sintiera como en casa, invitaba a quedarse a platicar por horas.

Abigaíl se sentía muy feliz en su nuevo hogar, el pueblo la recibió con brazos abiertos gracias a su carisma y hermoso negocio. Todavía no iba mucha gente a probar las delicias que ella preparaba, pero no importaba, sabía que poco a poco iba a conquistar el estómago de los lugareños.

Un día pasó algo que jamás esperó, estaba tras el mostrador acomodando los pastelillos recién horneados, cuando sonó la campanilla que anuncia la entrada de un nuevo cliente, al subir la mirada estaba Jeff. Por un momento tardó en reconocerlo y recordar que él representaba su otra vida, esa que dejó en la gran Ciudad.

“Hola, ¡qué bien quedó tu lugar!” dijo admirando el sitio.

“¿Qué haces aquí?” preguntó Abigaíl un tanto desconcertada, no había pensado en él ni en nadie de su antigua vida, desde que empacó sus cosas y se mudó al pueblo.

Jeff empezó a caminar por el local, admirando pero sin decir una sola palabra, Abigaíl seguía acomodando sus pastelillos y preparando la máquina de café, por lo que no se dio cuenta que Jeff caminó hasta estar a su lado. Cuando finalmente Abigaíl levantó la mirada se asustó al verlo ahí. Dio un paso para atrás.

“¿Qué pasó? ¿Cómo has estado? ¿Qué tal la oficina?” Preguntó nerviosamente, dado que nunca habían estado tan cerca.

“Muy mal”. Respondió Jeff tomándola de la mano. Ella la retiró, no entendía qué estaba pasando. De inmediato lo descartó y pensó que estaba soñando, que eso no podía ser real.

“¿Por qué muy mal?” Preguntó, siguiendo con lo que estaba haciendo y alejándose de él, no quería pensar ni analizar lo que estaba pensando. Nunca quiso admitirlo, pero siempre le gustó Jeff, por lo que no quería hacerse ilusiones en este momento, puso la cabeza fría y se tranquilizó.

Jeff la detuvo, para mirarla directo a los ojos, “porque no puedo dejar de pensar en ti…”

“¡¿Qué?!” respondió atónita.

“Desde unos meses antes de que te fueras me di cuenta que estaba enamorado de ti, pero no hice nada al respecto por la situación en la que estábamos, pero ahora, ahora es diferente, podemos estar juntos”. Se acercó todavía más y le dio un tierno beso.

Ella sólo estaba ahí, parada, parpadeando, pensando que sus sueños finalmente se estaban volviendo realidad. Estaba haciendo lo que realmente le gustaba, y ahí, frente a ella, el hombre que había amado en secreto por mucho tiempo.

***

“Por supuesto que le dije que no pensaba regresarme a la Ciudad, quería estar ahí haciendo lo que me apasionaba”. Le dijo Abigaíl a su nieta, mirándola a los ojos. Amanda todavía sostenía la mano de su abuelita.

“Desde ese día empezamos a salir, lo cual era muy complicado porque yo sólo tenía libres los sábados y domingos en la tarde, él tenía que venir a Tomasino todos los fines de semana para verme. Al principio fue hermoso, mágico incluso, pero con el tiempo la distancia y su trabajo lo fueron haciendo todo más difícil. Él no podía venir y yo me negaba a regresar, pues por más que lo amara yo amaba más lo que hacía.” Explicó la abuela a su nieta, quien escuchaba atentamente, pues esa parte de la historia ella no la conocía.

“Finalmente pasó lo inevitable, la relación se terminó porque estábamos más comprometidos con nuestros negocios que el uno con el otro, no hubo forma de llegar a un punto medio así que todo terminó. Se me rompió el corazón, fue el primer hombre al que amé de verdad, pero mi vida y mis sueños eran más importantes.”

Abigaíl cerró los ojos nuevamente, se quedó dormida, estaba muy cansada por haber contado parte de su historia.

Amanda aprovechó para acomodarle la almohada a su abuela, y ver que todo lo que llegara a necesitar estuviera a la mano. Ya había hablado con el cura del pueblo, estaba en camino para guiarla en su último paso hacia el Cielo.

***

Abigaíl despertó buscando a Amanda, quería terminar de contarle su historia. No entendía bien de dónde le venía esa necesidad, tal vez intentar hacer los lazos que sentía que no los había hecho bien, o simplemente dejar un pedazo de inmortalidad en la memoria de su nieta.

Amanda estaba sentada, el ver a su abuela despertar y moverse le volvió a tomar la mano, para que la sintiera con ella:

“Aquí estoy abuelita, no me he ido”, dijo Amanda al momento de hacer contacto con su abuela.

“Gracias, hija, ¿quieres que te siga contando?” Preguntó ella

“Sí” Respondió de inmediato, siempre le causó mucha curiosidad la historia de su abuela, su mamá no le platicó mucho. Amanda creció lejos de su abuela, su madre al momento de cumplir los 18 años se fue de Tomasino para hacer su propia vida en la Ciudad. Para Amanda la abuela era una amable viejita que le macaba el día de su cumpleaños y le mandaba un delicioso pastel. Cuando la visitaba era una mujer cubierta en harina con una gran sonrisa y masa de galletas a la mano.

***

Tras la experiencia con Jeff, Abigaíl había cerrado su corazón, clavándose en su trabajo. Su negocio estaba mejor que nunca, tenía que estar abierta todos los días porque la gente siempre quería comprar sus pasteles o sentarse a platicar.

Abigaíl estaba tan ensimismada y con el corazón tan cerrado que no notó al visitante frecuente. Un joven muy guapo que iba religiosamente por 2 galletas y un café americano, que le duraban horas. Lloviera, tronara o relampagueara este misterioso joven iba de 5 de la tarde a las 9 de la noche. Cada vez que iba dejaba un mensaje escrito en la servilleta que usaba. Pero ella nunca lo veía al recoger.

Román, ese joven misterioso, al ver que su intento de conquista no funcionaba, decidió hacer un acercamiento más directo. Un día, cuando Abigaíl cerraba y sólo quedaba él como cliente, Abigaíl se acercó para limpiarle la mesa, cuando él le evitó el paso, se puso con una rodilla al piso, sacó un hermoso anillo de diamantes y le dijo “Abigaíl, llevo viniendo aquí más de un año, es el tiempo que te he amado, ¿te casarías conmigo?”.

Ella miraba atónita el diamante y al joven arrodillado frente a ella, no tenía ni idea de cómo se llamaba. Por una fracción de segundo se sintió conmovida por este acto tan repentino y honesto de amor, finalmente ella dijo “¡¿Estás loco o qué te pasa?! No sé quién eres, ni siquiera me conoces, ¿cómo me voy a casar contigo?”

Él cerró la pequeña caja y la guardó en su bolsillo. Se levantó sin decir nada y se fue. Ella se quedó ahí, parada, mirando el lugar donde él se había hincado, se sentó en la silla donde él había estado y se puso a llorar. Su corazón, después de mucho tiempo de no haberse permitido sentir nada, estaba reviviendo, ahí sentada, siguió llorando, lloraba por Jeff, por su familia, por todo lo que no se había permitido sentir desde que llegó a Tomasino.

Al día siguiente ella abrió el café como todas las mañanas, pasó el día como siempre, pero notó algo, que Román no estaba ahí. Pasaron las horas y él no llegaba, esas horas se convirtieron en días. Hasta ese momento ella notó que él iba todos los días, y estaba sintiendo la falta de su presencia.

Pasaron 3 semanas antes de que Román regresara al café de Abigaíl, llegó puntual como si ese tiempo no hubiera pasado. Al dar las 9 de la noche, él se paró antes de que ella se acercara, dejó su servilleta y se fue. Por primera vez en todo este tiempo ella notó que había algo escrito en ésta… decía: “me gustas mucho, ¿vamos a salir?”.

Empezaron a salir desde el día siguiente, duraron seis meses de novios antes de casarse. La boda fue muy sencilla pero conmovedora, todo el pueblo se maravilló porque por fin Abigaíl se convirtió en una Tomasina oficial. El matrimonio era perfecto, se amaban profundamente, ella siguió con su negocio y él con su trabajo.

A los dos años de casados recibieron la fabulosa noticia de que ella estaba embarazada, eso hizo todavía más feliz y apegada a la pareja. Por desgracia, el destino no siempre está de nuestro lado… Un mes antes de que naciera el bebé, Román murió repentinamente. Esto hizo que Abigaíl cerrara nuevamente su corazón y nunca más lo abriera.

La llegada de la bebé le ablandó el corazón, pero sólo con su hija. A nadie más fue capaz de demostrarle cariño. Toda su vida giraba en torno de la pequeña Alma, aunque a veces eso significaba no incluirla. Al ser una madre soltera, necesitaba trabajar con mucha intensidad para poder proveer a su hija de todo lo que necesitaba, aunque significara perderse de una obra de teatro o alguna actividad de la pequeña.

Si Alma no estaba en la escuela o en una actividad extracurricular se encontraba en el café de su mamá, haciendo la tarea y ayudando en lo que se necesitara. La muerte de Román había conmovido al pueblo, por lo que el negocio estaba mejor que antes, todos los Tomasinos ponían su granito de arena.

El arduo trabajo dejaba a Abigaíl exhausta, no podía dedicarle tiempo de calidad a su hija, por lo que Alma no se sintió amada por su madre. Lo que provocó que al cumplir los 18 años ella se fuera, dejando sola a su madre.

Desde la muerte de Román, Abigaíl dedicó todo su tiempo al café y a su hija. Cerrándose al mundo exterior, nunca más volvió a tener una pareja, estaba segura de que tenía una maldición extraña que la haría sufrir cada vez que se enamorara. Muchos hombres intentaron conquistarla, foráneos, pero siempre los rechazó.

Cuando Alma se fue de la casa, Abigaíl se cerró más, toda su vida y su esfuerzo estaban invertidas en el negocio, no tenía vida real. El tiempo “libre” que tenía (cuando no estaba abierto el café) lo invertía en la cocina, haciendo los deliciosos pasteles y las exquisitas galletas que vendía. Así pasó, el resto de sus días, sin permitirse amar a nadie ni ser amada por alguien que no fuera su hija o su nieta.

***

“Y esa es mi historia…” concluyó Abigaíl, quien seguía tomada de la mano de Amanda.

Amanda la miró, no podía creer la horrible vida que había tenido su abuela, tanto dolor, y no sólo eso, sino también la negación a seguir viviendo. Fue una máquina desde que llegó a Tomasino. Mientras reflexionaba sobre la historia que acababa de escuchar, sintió cómo la mano de su abuela se relajaba hasta que se volvió muy pesada… finalmente, había muerto.

2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. tatiux
    Sep 30, 2010 @ 16:41:03

    O.O rompiste mi corazon….. muy bueno de hecho, pero muy trsite, la verdad me hizo falta aventura….. pobre mujer dejo lo que no le gustaba para solo sufrir!!!!! mmmmm no se, es triste pero bueno…. la hace a una reflexionar😀

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